El día está abrumador y
mi cama doble pero fría. Sin espacio para ti ni para nadie, aunque con el
vacío. Mis tripas enredadas entre tu cabello, mi lengua lastimada por tus
mordiscos pero con ganas de más. Mi corazón, un músculo más que quiero sacarme
con pinzas y servírtelo en la cena. Tus ojos profundos, pequeños, gastados pero
viajeros. Los míos grandes, estallados, no tan gastados como los tuyos pero
cansados. Mi cuerpo con ganas de beberse el tuyo, de ahogarte en una piscina de
vodka y luego comerme todas las gomitas de osito. Es que me gustas tanto que me
dan ganas de matarte, poquito a poquito, pedazo por pedazo, empezar en tu boca
y terminar en tus piernas.
El día está frío como tus
palabras, como mis manos. Está frío pero mi cuerpo arde hasta que me quema,
jugar con fuego y hacer dibujos en el piso con mis cenizas, con las tuyas. Aún
así pienso que saliste de la nada y ahí es donde debes quedarte, perteneces a
mis sueños, a mis fantasías, a mis alucinaciones, no eres real.
Quiero quitarme tus besos
de encima, o mejor estar encima de ti llenándote de limón las heridas,
pintándote con mi labial rojo o mejor con tu sangre. Amarrarte a mi cama y
luego tirarte por mi ventana, usarte, botarte, amarte, sentirte, olvidarte.
Mejor borrarte antes de que te quedes inyectado en mi espalda.
Quiero que me rompas los
labios como rompiste la camisa que tenía puesta.
Romperte la cabeza, como
rompiste mis medias de mayas. Hacer ligueros con tus sentimientos y ponérmelos
en las piernas. Sin pudor ni lágrimas, conteniendo todo pero soltándolo en la
cama. Pegarte, morderte, hacerte sangrar de colores. La vida tan cromática... Y
tú y yo tan escala de grises.
Ven a mi cama a bailar la
danza de los caninos, a olvidarnos de la vida que está afuera, a pensar que
todo está bien aunque todo sea una mierda. Ven a cagarte en mi vida mientras yo
te escupo la cara.

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